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  La herencia del sapo
 
Desde hacía años que Froilán Arriola pensaba cada vez que pasaba por allí con su tropilla: "Algún día de estos me voy a quedar aquí para ver si es cierto que en esta estancia abandonada hay cosas malas"  Fama tenía, pero a Froilán se le hacía mentiras eso de ver luces malas y escuchar galopes. Le había sucedido en otros lugares, pero al final había llegado a la conclusión de que se trataba de su imaginación.
Una tarde de verano, cuando la luz se moría en brazos de la noche, lo agarró pasando por la tranquera de entrada y pensó: "Justo para un convite"  Trató de abrir el aro de la tranquera, pero tenía candado. Abrió el alambre, que estaba roto, hizo entrar a la tropilla, y se encaminó hacia lo que, en los buenos tiempos, fuera el departamento del capatáz.
Allí cerquita estaban los corrales, que todavía eran usados para trabajos con hacienda. El campo seguía arrendado y era manejado desde el escritorio de Macchi, Carrano y Cía. El hermoso casco de estancia de estilo francés en su época de esplendor,  estaba destruido y rodeado de un yuyal; no quedaban guardapatio ni palenques  a la vista; el aljibe de mármol de Carrara había sido partido en dos por los animales y de las instalaciones de teléfono de otro tiempo quedaban sólo uno que otro receptor.
Froilán echó una mirada a la cocina con dos entradas y resolvió tender y encender el fuego allí dentro. Había leña en abundancia. Trajo su caballo, lo desensilló debajo de lo que él recordaba fue una glorieta de uva blanca y lo soltó.
A partir de ese momento ya las cosas se comenzaron a salir de sus marcos  normales. Sintió un golpe en el suelo detrás suyo. Al darse vuelta pensó: "¡Pero si es una taba nuevita! Al tomar la taba, siguiendo la costumbre criolla, ésta se transformó en sus manos en un gran sapo. Los ojos del animal desorbitados, lo sintió frío al tacto, mirándolo altivo, soberbio. Lo tiró cuán lejos pudo. No recuerda si éste trató de decirle algo, pero éste cayó junto a sus alpargatas y volvió a convertirse en taba. Desesperado, Froilán quiso buscar a su caballo para irse de allí. Siempre les tuvo miedo y asco a los sapos y no hubiese podido dormir sabiendo que uno de esos repugnantes bichos andaba suelto por ahí.
Finalmente se serenó, encendió el fuego y comenzó a cocinar un pedazo de carne cuando nuevamente la taba se hizo presente a su lado.
-Juegue, don. - dijo una voz cavernosa - hace mucho que nadie viene por aquí a divertirme.
La taba temblaba en cada "clavada" que recibía de revés de Froilán, quien la arrojaba asustado, sin intentar enterarse cómo caía.. Así lo tuvo toda la noche el famoso jugador invisible. Al amanecer todo se serenó y Froilán ensilló su caballo para irse de allí, cuando alguien le dijo al oído:
-Aquí dentro, en la cocina, hay un tesoro escondido. Cavalo y serás rico.
Froilán jamás volvió a acercarse al lugar, pero confió a un amigo las palabras escuchadas.
El amigo fue de día, cavó en la cocina y extrajo valores que le alcanzaron para comprar un campito. Froilán murió en la miseria, solo. Cuando lo encontraron, tenía parado sobre el pecho un sapo de extraña mirada altanera. Fue la venganza por su cobardía, por no haberse animado a cobrar el pozo ganado aquella noche.

autor cuero crudo "el narrador del Tuyu"
 
   
 
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